Que curioso. El solo hecho de escuchar esa canción me trae todo tipo de recuerdos absurdos a la mente y como un idiota me pongo a reír solo.
Y como un tango resbaloso y embebido mi mente comienza a bailar sobre las nostalgias de la juventud.
El solo sentir al jazzista tocar me provoca sensaciones maravillosas.
El verme en el bar de mala muerte, con la vista perdida y aún riendo de los recuerdos que me vienen de golpe entre la música y el alcohol.
Las teclas del piano me golpean con potencia los tímpanos y luego de terminarme de un sorbo lo que quedaba en mi vaso me seco a boca con el puño de mi camisa y exclamo un “mierda” con gran pesadez.
Tanteo mis bolsillos y busco la cajetilla que solo contiene un pobre cigarro y los fósforos del último motel en el que me alojé, para mi tristeza sin aventura alguna.
Con la primera bocanada de humo me reclino en el asiento y cierro los ojos mientras el sabor del tabaco en mi boca me comienza a producir nauseas.
Lo único que me apetece en este instante es volver a bailar un tango con tigo como en los comienzos de nuestra relación loca, imposible y apasionada.
Maldita angustia que me produces, maldita nostalgia que se posa en mi pecho sin dejar de oprimir mi corazón.
Abro los ojos tratando de encontrar al mesero que al verme se acerca y yo le solicito otra ronda ya que el trago es lo único que me quita este sufrir, el asiente y se aleja para luego traer consigo un vaso lleno hasta el borde junto con una servilleta. Me las arreglo para agradecerle y a pesar de las nauseas vuelvo a aspirar otra bocanada de humo para luego echarme un gran trago.
Así sigue la noche impertinente que no me deja de amargar la existencia.
Con una foto tuya en una mano y el vaso y el cigarrillo en la otra, sigo sentado en ese bar de mala muerte embriagando mis penas y ahumándome los pensamientos y los deseos locos de besarte y apretarte contra mi pecho.
Maldita nostalgia.
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